domingo, 1 de enero de 2017

El Racionalismo y el Empirismo: Las dos grandes corrientes en la filosofía moderna.

En este escrito comparto información sobre filosofía, no considero que es un lugar para sustentar tesis ni afirmaciones, las cuales reservo para el contexto académico. Agradeceré hacerme llegar aportes constructivos sobre este tema.

Dans cet écrit je partage l'information sur Philosophie, je ne considère pas que c'est un lieu pour postuler de thèse ni les affirmations, lesquelles je réserve pour le contexte académique. Je remercierai me faire arriver des apports constructifs sur ce sujet.
Percy C. Acuña Vigil.

El Racionalismo y el Empirismo: Las dos grandes corrientes en la filosofía moderna.

Las principales figuras de la filosofía moderna están divididos principalmente en dos grandes grupos, los racionalistas y los empiristas. Se considera a René Descartes como padre de la filosofía moderna, pues su genio lo condujo a la creación de una nueva ciencia matemática, la geometría analítica y llegó a la conclusión de que para evitar el error no basta la inteligencia, sino que hay que aplicarla adecuadamente, es decir requiere de un método. Se considera que el período de la filosofía moderna concluye con Immanuel Kant.


Racionalismo
Las principales figuras de la filosofía moderna están divididos principalmente en dos grandes grupos. Los "racionalistas", sobre todo en Francia y Alemania, argumentaron que todo conocimiento debe partir de ciertas "ideas innatas" en la mente. Los principales racionalistas fueron René Descartes, Baruch Spinoza, Gottfried Leibniz, y Nicolas Malebranche.

Empirismo


Los "empiristas", por el contrario, sostienen que el conocimiento debe comenzar con la experiencia sensorial. Las principales figuras de esta línea de pensamiento son John Locke, George Berkeley y David Hume. La ética y la filosofía política por lo general no se subsumen bajo estas categorías, aunque todos estos filósofos trabajaron en la ética en sus propios estilos distintivos. Otras figuras importantes en la filosofía política son Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau.

David Hume reduce todo conocimiento, en cuanto tal, a «impresiones» e «ideas». [1]
David Hume.  Admite dos tipos de verdades: «verdades de hecho» y «relación de ideas». Toda idea ha de poder ser reducida a una impresión correspondiente. Cuando una idea surge de la relación entre ideas, su contenido de realidad ha de depender de las impresiones que la motivan. Si no encontramos dichas impresiones se debe rechazar como producto de la mera imaginación sin contenido de realidad alguno. Tal ocurre con la idea de sustancia y la idea de causa.[2]

Un conjunto de impresiones generan una asociación de ideas respecto a un hecho y un juicio al respecto. Un asesinato, por ejemplo, no es ni puede ser reducido a una impresión.  Es una relación de ideas: La idea del hecho de matar a un hombre (recuerdo de una impresión) junto con la idea del "desagrado que produce" en la conciencia como impresión interna queda asociada en una nueva idea: "asesinato" como idea que expresa un juicio moral relativo al rechazo de la asociación de las dos impresiones: El asesinato es algo "malo" como apreciación subjetiva moral pero no tiene contenido de conocimiento verdadero o falso.

De igual manera la noción de causa no puede ser reducida a una impresión; surge de la relación entre ideas. ¿Cuál es la relación que une a dos ideas como causa?. Para Hume es evidente que la relación causal se establece bajo el punto de vista de "una sucesión constante de impresiones" que generan en el hombre un «hábito» o «costumbre».

A la impresión de poner una tetera con agua en el fuego siempre se sigue que el agua se caliente. Es la conciencia la que asocia estas dos impresiones sucesivas como ideas (el hecho de poner el agua al fuego, y que le suceda el hecho de que se caliente). Esta asociación constituye una nueva idea, la idea de causa, cuyo fundamento es la expectativa de que "el hecho de que hasta ahora me ha sucedido que siempre que pongo una tetera  cacharro con agua al fuego esta se calienta" me permite afirmar: "El fuego calienta el agua"; es decir el fuego es la causa de que el agua se caliente.

Pero no podemos encontrar ninguna impresión que tenga relación directa con la idea de causa. Y el contenido de realidad de una idea solamente tiene sentido en referencia a la impresión de la que se derive. La idea de causa, pues, es algo meramente subjetivo, resultado de la asociación de la mente de dos impresiones sucesivas cuya conexión no aparece como evidencia.

Esencialistas vs anti esencialistas



John Locke se considera a menudo como el padre del anti-esencialismo. En esencia, la opinión es que nada tiene propiedades necesariamente en sí mismas o contingentemente en sí mismas. El razonamiento de Locke sobre esto es falaz, como lo demostró Saúl Kripke en su famosa Naming and Necessity (que en realidad no decía mucho más de lo que Leibniz ya había dicho en su prefacio a su comentario sobre Locke. [3] 

A menudo sinónimo de anti-fundacionalismo, el no-esencialismo en la filosofía, es la no creencia en una esencia (del latín esse) de cualquier cosa dada, idea o entidad metafísica (p.e. Dios). El no esencialismo también puede definirse catafácticamente como la creencia de que para cualquier entidad, no hay rasgos específicos o fundamento de ser que las entidades de ese tipo deben poseer para ser consideradas "esa entidad".

El no esencialismo no se limita a la simple especulación filosófica. También se encuentra en las disciplinas académicas como la sociología, la antropología, la teología, la historia / historiografía y la ciencia. La forma en que el no esencialismo se utiliza en estos discursos varía un poco dado su contenido y contenido diferentes.

Los anti fundacionalistas se oponen a visiones totalizadoras de la realidad social, científica o histórica, considerando que carecen de legitimación  y prefieren las narrativas locales. No hay totalidad social sino multitud de prácticas locales y concretas; "No una historia sino historias en el mejor de los casos". En ese neo pragmatismo, no hay una verdad global, sino un proceso continuo de mejores y más fructíferos métodos de edificación. Incluso nuestras categorías más asumidas para el análisis social -de género, sexo, raza y clase- son consideradas por los anti-esencialistas, como Marjorie Garber como construcciones sociales.

Los anti fundacionalistas utilizan ataques lógicos o históricos o genealógicos sobre los conceptos fundacionales (ver especialmente Nietzsche y Foucault), a menudo junto con métodos alternativos para justificar y realizar investigación intelectual, como la subordinación pragmática del conocimiento a la acción práctica. Foucault rechazó la búsqueda de un retorno a los orígenes como esencialismo platónico, prefiriendo subrayar la naturaleza contingente de las prácticas humanas.

Los anti fundacionionalistas se oponen a los métodos metafísicos. A menudo se les critica por su relativismo moral, pero ellos a menudo disputan esta acusación, ofreciendo métodos alternativos de pensamiento moral que afirman que no requieren de fundamentos. Así, mientras que Charles Taylor acusó a Foucault de no considerar "ningún orden de vida humana, ni de la forma que somos, ni de la naturaleza humana, a la que se pueda apelar para juzgar o evaluar entre modos de vida", Foucault insiste en la necesidad de una investigación ética continua sin ningún sistema universal al que apelar.

Por otro lado, otro anti esencialista Niklas Luhmann utilizó la cibernética para desafiar el papel de las unidades fundamentales y las certezas canónicas.

Lo analítico y lo sintético, lo a priori y a posteriori

Las consecuencias que se derivan del concepto de causa, tal como lo concibe Hume, respecto a un conocimiento que pretenda ser científico no puede ser más destructivo. Conduce a un escepticismo puesto que nunca podremos conocer el fundamento de nuestras impresiones y el conocimiento de la experiencia nunca nos permitirá salir de un subjetivismo incompatible con la ciencia.

Por otro lado la ciencia del siglo XVII está mostrando unos éxitos indudables en el conocimiento de las leyes de la naturaleza, así como en el dominio de la misma en sus aplicaciones técnicas.

Esta crítica de la noción de causa según el postulado empirista, provocó en Kant racionalista hasta entonces, su despertar del «sueño dogmático». Toda su obra crítica intenta superar este supuesto que hacía de todo punto inviable el conocimiento científico.

El empirismo tanto de Locke como de Hume, deriva a lo que se ha llamado asociacionismo que viene a reducir el conocimiento a un psicologismo como fue entendido posteriormente.

Después del empirismo, Kant trato de darle unidad al empirismo y al racionalismo infructuosamente.
Posteriormente la filosofía volverá a la ciudad; de la glosa y el comentario, a la investigación; de la tutela de la fe, a la independencia de la razón.



Tras la filosofía crítica de Kant el Idealismo alemán se convertirá en la corriente predominante en la Europa continental, a través de Hegel. El existencialismo de Kierkegaard, tanto como el marxismo y el vitalismo de Nietzsche serán, en buena medida, una reacción al Idealismo hegeliano que, en cierto modo, consagra la identificación del yo trascendental kantiano con el Dios del cristianismo.

En Gran Bretaña, el desarrollo del positivismo utilitarista con Bentham y J.S. Mill se inspira en los principios del empirismo, distinguiéndose del positivismo "idealista" del francés A. Comte; en ambos casos, no obstante, se da una preocupación por los temas sociales y por el bienestar de la humanidad que, aunque en una dirección distinta, compartirán con el marxismo.

Por lo demás, el desarrollo de las ciencias y sus continuos éxitos hacen tambalear los cimientos de la filosofía, que se ve sometida a fuertes críticas por parte de los defensores del pensamiento científico, que encuentran en la ciencia el paradigma del conocimiento verdadero.

Hacia finales del siglo XIX, al desarrollo del historicismo en Alemania, con Dilthey, y del pragmatismo en los Estados Unidos, con Pierce y W. James, se agrega el desarrollo de la fenomenología con Husserl.



En el siglo XX destacarán además los representantes de la Filosofía Analítica, como Russell y Wittgenstein, del Estructuralismo, como Lévi-Strauss, del Existencialismo, como Sartre, o los de la Escuela de Frankfurt, como Adorno, Horkheimer y Habermas. Hacia finales de siglo, destaca la actividad de los filósofos posmodernos y posestructuralistas, que renuevan la crítica a las tradiciones filosóficas desde posiciones muy alejadas de las llamadas metafísicas de la presencia.
.....
[1] Hume, David. Tratado de la naturaleza humana. Libro I. Del entendimiento. Primera parte: De las ideas; su origen, composición, conexión, abstracción etc.. Sección primera: Del origen de nuestras ideas. 
[2]  __    Enquiries Concerning the Human Understanding and Concerning the Principles of Morals, [1748] 
[3]  Essay Concerning Human Understanding, the New Essays on Human Understanding.
[4]  Psicologismo

El término psicologismo es utilizado con un marcado carácter reductivo del pensar filosófico a una sola de sus disciplinas: la Psicología.

André Lalande, en su Vocabulaire technique et critique de la Philosophie, señala que se denomina psicologismo a la «tendencia a hacer predominar el punto de vista psicológico sobre el punto de vista específico de cualquier otro estudio (particularmente de la teoría del conocimiento o de la lógica)».

El término surge en el s. XIX; uno de los primeros en utilizarlo es Vincenzo Gioberti, que lo opone a ontologismo. Para Gioberti, el psicologismo es el sistema que parte del sentido íntimo para, en seguida, realizar y construir todo lo que el hombre puede saber, con lo que lo inteligible se reduce a lo sensible y la Ontología a la Psicología, mientras que el ontologismo sigue el sentido inverso (cfr. Introduzione allo studio della filosofía, II, Milán 1941, 62-63).

La noción de psicologismo posee un marcado carácter polémico; Lalande, al realizar la crítica del término, señala que, al igual que otros muchos nombres análogos, el psicologismo «no se emplea más que para desaprobar o eliminar una actitud a la cual nos oponemos»; aunque no siempre sucede así, como indica Husserl, siguiendo el planteamiento de Stumpf, en su obra Investigaciones lógicas (trad. J. Gaos, 2 ed. Madrid 1967, vol. 1, p. 82, nota 3). De todas maneras, como bien señala José Gaos, el psicologismo no es más que una variante o forma del positivismo; y son variedades del psicologismo las que realizan una reducción a la Psicología de las ciencias normativas de la Lógica, de la Teoría del conocimiento o de la Ética (cfr. J. Gaos, o. c. en bibl.).

Como psicologista hay que considerar al empirista inglés David Hume, que pretende reducir casi todo a Psicología, más aún, a mera Psicología empírica, de forma que la única realidad admisible para él es la sensible, reduciendo también todo conocimiento al mero conocimiento sensible; en esa línea se había movido ya Locke. Así se pretende reducir a «Psicología sensitiva» no sólo la Lógica y la Teoría del conocimiento, sino la misma Metafísica y la Ética. Después hay que destacar como psicologista a John Stuart Mill, para quien, según recoge Husserl,

 «la Lógica no es una ciencia distinta de la Psicología y coordinada con ésta. En cuanto ciencia es una parte o rama de la Psicología, que se distingue de ésta como la parte del todo y como el arte de la ciencia. La Lógica debe sus fundamentos teoréticos íntegramente a la Psicología, y encierra en sí tanto de esta ciencia como es necesario para fundar las reglas del arte»
 (J. Stuart Mill, An examination of William Hamilton's philosophy, § 5, 461, citado por Husserl, Investigaciones lógicas, 1,82).

También cabe destacar a Theodor Lipps, que hace derivar del fundamento psicológico todas las demás disciplinas. Para Lipps, así lo comenta Husserl, «la Psicología, y más concretamente la psicología del conocimiento, será por ende la que suministre el fundamento teorético para la construcción de un arte lógico» (Investigaciones lógicas, 1,83).

El psicologismo ha sido duramente criticado desde sus comienzos. Ya Kant, en la Lógica, había señalado el absurdo de identificar la Lógica con la Psicología, o de considerar o suponer principios psicológicos en la Lógica. El texto de Kant (Logique, París 1966, 12) es utilizado por el mismo Husserl como argumento habitual de los antipsicologistas, sujeto a contraprueba por los partidarios del psicologismo. Hermann Lotze, con su distinción entre el contenido empírico del pensamiento y la validez del mismo, intenta sobrepasar también las tesis del psicologismo, pero manteniendo grandes contactos con las tesis kantianas. Sin duda alguna, la crítica más importante al planteamiento del psicologismo viene dada por la fenomenología de Edmund Husserl. Principalmente la crítica se desarrolla en las Investigaciones lógicas, aunque también aparece en otras obras.




Rorty Anti esencialista
Es precisamente el antiesencialismo y el anti- fundamentalismo —esto es la renuncia a toda pretensión de poseer un método o una posición privilegiada para acceder a la «verdad»— lo que está en la base de la renuncia de Rorty.
Rorty, concedía a sus ideas el carácter de modestas descripciones, provisorias y contingentes, aun cuando se esforzaba por seducir a sus interlocutores, jamás rozó el dogmatismo ni hizo adoctrinamiento ni proselitismo de lo que ya se dejaba entrever como una Filosofía de nuevo cuño, un nuevo estilo de encarar las cosas, lo que luego vendría a ser el neo-pragmatismo, donde hablar del mundo —más allá de toda ingenuidad realista— vino a ser simplemente valerse de las metáforas favoritas de uno para realizar un arreglo del mundo, para construir una narrativa exitosa, una que funcione, estamos, no hay que olvidarlo, ante el heredero de la tradición pragmatista norteamericana. 

Rorty desde este enfoque ha dialogado con las grandes corrientes filosóficas contemporáneas, desde la filosofía analítica a la teoría crítica, y con sus grandes autores, desde Martin Heidegger hasta John Rawls.

RORTY, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991.
RORTY, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991, cap. 1 “La contingencia del lenguaje”.
RORTY, Richard, Objetividad, relativismo y verdad, Ed. Paidós, Barcelona, 1996.

martes, 1 de noviembre de 2016

Personalidad anética y Sociedad anómica

Personalidad anética

Bitácora: PERCY C. ACUÑA VIGIL

Según Kurt Schneider, en su libro "La personalidad psicopática" (1923), la personalidad anética es un trastorno de personalidad.


El anético corresponde al antisocial. Psicópata anético o desalmado. Denominado así por carecer de ética. Sus relaciones personales son escasas y no establece relaciones cálidas y tiernas. Delinque constantemente y no se arrepiente de sus delitos. Desde pequeños son crueles con sus compañeros del colegio y con los animales.

Bitácora: PERCY C. ACUÑA VIGIL

La palabra no pertenece al griego clásico, sino que es un neologismo que ha tenido auge en el siglo veinte. El término es acuñado en el primer tercio del siglo XX, exactamente en el período de entreguerras, para indicar la situación psicopática de la carencia de ética. Este significado psicológico es el más común y difundido a lo largo de su joven historia, pero no han faltado nuevas interpretaciones que han enriquecido su contenido, sobre todo de carácter filosófico, y de ahí se ha difundido al ámbito del derecho y de la politología.


Según el psiquiatra Kurt Schneider, en su libro "La personalidad psicopática" (1923), la personalidad anética es un trastorno de personalidad en la que el individuo se muestra incapaz de adaptarse a la vida social y de conciliar con ella sus propios instintos y sus propias tendencias. Se trata la psicopatía de una anormalidad y no de una degeneración, que presenta dos variedades:

 1. Las Fundamentales: hipertímicas (exceso de vitalidad y proyectos sin realización), depresivas y de inseguridad (senttimientos de culpa y desconfianza en sí mismo), fanáticas y fóbicas (delirios megalómanos) y explosivas (exceso de proyección del sujeto hacia el exterior).

 2. Las Atímicas: donde el sujeto carece totalmente de sentido moral, social y de culpa; las abúlicas (influenciabilidad, falta de reacción) y las asténicas (incapacidad de concentración mental, deficiencia de memoria, etc.). Actualmente se diferencia la psicopatía, la psicosis y la psiconeurosis.


De este modo en Schneider lo anético no coincide plenamente con la personalidad psicopática sino solamente con una de sus variedades, a saber, la psicopatía atímica, donde el individuo carece totalmente de sentido moral.

De la psiquiatría la noción pasó sin dificultad a la filosofía, al derecho y a la politología gracias a la obra del filósofo Flores Quelopana. Gustavo Flores Quelopana, le ha dado una dimensión antropológico-filosófica para explicar el tipo humano imperante en la sociedad capitalista posmoderna donde gravita el "todo vale", el egoísmo y el mercantilismo, como signo de una civilización decadente que abandonó la razón, el humanismo y los valores trascendentes (El imperio posmoderno del hombre anético, Lima 2004). En el vocabulario filosófico es todavía nuevo el uso del término "anético".


Anético es el término que se acuña por primera en la bibliografía filosófica peruana en la obra Imperio Postmoderno del Hombre Anético, donde es empleado para denominar al acto moral por medio del cual la mentalidad moderna convierte al hombre en una criatura sin absoluto. Este acto moral del hombre anético pertenece a una época en que se completa el proceso de extinción de lo divino y tras perder el nexo ontológico entre Dios y la Criatura, pierde también su propia condición de criatura. Lo anético no afecta la capacidad humana de sentir lo divino, sino su voluntad de lo divino. Por eso, remarca Flores que el lema del hombre anético ya no es “Dios ha muerto”, sino “El hombre ha muerto”. Con la muerte de Dios el hombre anético, que coincide con el “todo vale” de la época postmoderna, sepulta algo muy esencial de su ser, a saber, el contacto con lo Absoluto. El anetismo también señala el tránsito del pensamiento contemporáneo de la cultura de la increencia a la cultura del nihilismo, pero se trata de un nihilismo integral, como nunca antes visto en la historia universal

Justamente refiriéndose a la obra del filósofo limeño Flores Quelopana el término ha tenido fortuna y repercusión también en el derecho, donde el Dr. Ñique de la Puente sostuvo en su tesis de doctorado "El humanismo jurídico en San San Marcos" (Lima 2004) que el anetismo es el principal problema que afronta el humanismo contemporáneo.

Por su parte, el politólogo Francisco Miró Quesada Rada, también refiriéndose a la obra de Flores Quelopana ha destacado la importancia de la categoría del "hombre anético" para comprender el fenómeno del neoliberalismo (Filosofía del neoliberalismo, El Comercio 29-12-03) enfatizando la idea de que la sociedad anética maneja a los seres humanos como una cosa entre las demás cosas.

Bitácora: PERCY C. ACUÑA VIGIL

Sociedad anómica

No hace falta ser un entendido para aceptar que nuestra sociedad tiene un serio problema de anomia, es decir, con el cumplimiento de las normas y que ello se extiende desde lo mas encumbrado del poder hasta los habitantes de viviendas precarias. Los ejemplos son innumerables: actos de corrupción protagonizados por encumbrados miembros del gobierno y empresarios, cortes de calles y rutas llevados a cabo por individuos de las clases sociales mas pobres, robos con gran violencia, generalizada violación de las normas de tránsito, episodios de aguda violencia callejera y en el fútbol, etc. Esta comportamiento anómico se agudizó progresivamente con la descomposición social ocurrida desde la llegada de los Españoles al Perú en 1532, con los efectos de las reformas Borbónicas que se mantuvieron durante casi 300 años creando patrones de conducta desviada y posteriormente con el desastre a partir de 1821.

Esta sociedad así construida, tiene como herencia resultado un Estado anémico, con gran debilidad para conducirla a un situación de civilidad. Un estado cuya principal característica es recaudar y gastar pero incapaz de que ese gasto tenga una efecto benéfico proporcional a su volumen. El caso educativo es un ejemplo muy claro: una gran inversión educativa en el sector público con resultados mediocres para ser generosos. Pero también esta incapacidad se expresa en las carencias de los organismos estatales para asegurar sanidad del medio ambiente, protección al consumidor, servicios de transporte adecuados, protección de la vida y pertenencia de las personas, etc. Y al hablar de Estado no me refiero solo al Poder Ejecutivo sino también al Judicial, en el que junto a magistrados y fiscales ocupados en evitar que la selva se torne mas feroz, existen aquellos que enmarañan la administración de justicia cuando no son socios activos de la corrupción. Todo ello en el marco de un sistema de legislación cuya pretensión de modernidad y vanguardismo choca con el primitivismo social y la incapacidad estatal.

La consecuencia de esta anomia social y anemia estatal es la proliferación de todo tipo de delitos y de impunidad produciendo realimentación entre ellos: las bajas probabilidades de ser castigado o recibir castigos leves es un poderoso impulsor de la repetición y extensión de la transgresión. Los intentos frecuentes de linchamiento no son sino una reacción enfrentada con las normas por parte de una sociedad que poco las respeta en respuesta a la percepción de falta de castigo al transgresor.



El tema del neoliberalismo es inevitable en el quehacer de la enseñanza filosófica, las ideas que se exponen en el siguiente artículo pueden servir para aclarar algunos conceptos.
El Comercio 29-12-03
Filosofía del neoliberalismo

Francisco Miró Quesada Rada Politólogo

El joven filósofo y profesor de la Universidad Ricardo Palma Alfonso Jaguande DAnjoy ha publicado un interesante ensayo, con prólogo de Francisco Miró Quesada Cantuarias, sobre el neoliberalismo. Destaco este hecho porque si bien las justificaciones o críticas a este liberalismo remozado por lo general provienen de economistas, politólogos, juristas y psicólogos peruanos, en nuestro medio es escasa la producción filosófica sobre esta materia.
El ensayo se refiere a lo que es el liberalismo como concepción del mundo, es decir, en cuanto ideología que justifica una manera de proceder, pero también de ver el mundo y la vida.Para Jaguande los principios rectores del neoliberalismo no son diferentes, al menos en lo esencial a la teoría liberal del siglo XIX, que tiene una pléyade de importantes exponentes como por ejemplo John Stuart Mill y Jeremías Bentham.
Este liberalismo reafirma la concepción idealista de libertad y es a partir de ella que justifica la libertad industrial, proclama la libre concurrencia, sin limitaciones, que se expresa en la ausencia total de reglamentación en las relaciones capital-trabajo.
Jaguande explica que el neoliberalismo aplica estas categorías privilegiando al capital sobre el trabajo y el predominio del mercado sobre cualquier otra actividad humana.
Sostiene que hay un trasfondo ideológico de raíz fundamentalmente economicista que simplifica la idea de cultura y por ende del ser humano a las reglas de mercado. Esta idea se impone subliminalmente como pensamiento único. Es solo a través del mercado, la libre competencia, las privatizaciones y las desregulaciones que se puede mejorar la condición humana. Esta generalización y simplificación condiciona el pleno desarrollo humano al mercado.
De esta manera, el neoliberalismo se convierte en un determinismo que es precisamente una concepción criticada por los mismos liberales. Nuestras vidas están determinadas por el mercado y no podemos salir de este destino inexorable. Se produce entonces un nuevo encantamiento, que no es el de la razón, la justicia, la divinidad, la verdad científica, sino las relaciones de mercado.
Lo ideológico del neoliberalismo, del entender del doctor Jaguande, consiste en esconder una realidad y en deformarla, porque crea un velo teórico a un hecho innegable como es el aumento de la pobreza en la mayoría de las naciones, la marginación y exclusión social que se ha expandido en el mundo precisamente por aplicarse las recetas económicas neoliberales.
De esta manera, el ser humano se convierte en una pieza adicionada al proceso productivo, el que como una máquina puede ser desechado cuando no se adecúa a las reglas establecidas por el mercado, situación que otro filósofo peruano, Gustavo Flores Quelopana, califica de anética; es decir, sin ética, porque el hombre de la cultura técnica no es inmoral sino amoral, anético, ya que se conduce valorando a los demás seres humanos con el mismo criterio con que valoramos las máquinas, apreciándolos según la utilidad que reportan a la sociedad.
La crítica filosófica del neoliberalismo, del profesor Jaguande, abre un nuevo espacio para la reflexión sobre este fenómeno ideológico que se nos presenta como verdad absoluta y que sin embargo reduce toda la vida humana a la competencia y a la producción.


lunes, 31 de octubre de 2016

Nietzsche: Crepúsculo de los ídolos.

Nietzsche: Crepúsculo de los ídolos.

Publicado en:
Friedrich Nietzsche en 1867

Nietzsche: Crepúsculo de los ídolos (Capítulos: La “razón” en la filosofía y Cómo el «mundo verdadero» acabó convirtiéndose en una fábula), Alianza Editorial, Madrid 1973, p.45-52.

1. La “Razón” en la filosofía
Este capítulo es una crítica a la metafísica occidental que, por miedo a lo problemático y terrible de la vida, ha construido un mundo inteligible que en realidad es nada, no-ser. Al mismo tiempo, se critica el privilegio que los filósofos han otorgado a la razón frente a los sentidos (excepto Heráclito) puesto que la razón les permite abandonar este mundo para dedicarse a la contemplación de las Ideas. También se acusa a los filósofos de colocar lo último (las Ideas) como lo primero, como lo que verdaderamente es, como sustancia, como causa sui.

Nietzsche aclara, además, cuál es el origen de los errores de la metafísica y los halla en el lenguaje, en los supuesta evidencia de los hechos internos: el yo, la voluntad. Este es el origen de la “cosa”, la “sustancia”.
a) Idiosincrasia: Egipticismo: Momias conceptuales: Sensibilidad: Cuerpo
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¿Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?…

Nietzsche se pregunta por características peculiares, específicas de los filósofos. Sin embargo, esta es ya una primera muestra de su ironía, de su “mala leche”. La expresión “idiosincrasia” la emplea Nietzsche en su sentido habitual de peculiaridad, pero aludiendo al mismo tiempo a su parecido con la palabra idiotez.
Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo.

La expresión “falta de sentido histórico” se refiere a la incapacidad del filósofo para reconocer que la temporalidad es un rasgo insoslayable del mundo. Desde Parménides se entiende que al Ser le pertenece la eternidad. También se le atribuye la inmutabilidad: por ello el filósofo también odia todo aquello que esté afectado por el cambio, por el devenir. Concluye Nietzsche que la idiosincrasia del filósofo es el egipticismo, es decir, el aprecio desmedido por una vida más allá de la muerte, por la conservación, por la perdurabilidad, por la eternidad. Es propio de la cultura egipcia la voluntad de negar el tiempo. Con esta crítica Nietzsche sitúa el origen del error metafísico no en su adorada Grecia sino en el decadente imperio egipcio. Platón, infiel al espíritu griego, se dejó conquistar en sus viajes por el odio egipcio al devenir, al tiempo, a la vida.

Nótese que la frase presenta una gradación ascendente de agresividad, un ejemplo de la musicalidad de la prosa de Nietzsche.
Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno],— cuando hacen de ella una momia.

Para el filósofo una cosa es más honorable si no está afectada por el tiempo sino que, por el contrario, está marcada por la eternidad, si es posible situarla sub specie aeterni. Naturalmente vida y eternidad son incompatibles por lo que marcar algo con el calificativo de eterno es matarlo, amortajarlo y “momificarlo”. De esta manera Nietzsche continúa explotando las connotaciones del “egipticismo”, la “idiosincrasia” del filósofo.
Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real.

Nietzsche concreta el significado de la expresión momia: se refiere a momias conceptuales, que no son más que las Ideas de Platón, esos conceptos eternos e inmutables pero inexistentes a los que Platón dio entrada en la filosofía “hace milenios”.
Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, —se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran.

Los filósofos “matan”. Para Nietzsche el salto desde la existencia individual al concepto o Idea implica necesariamente la muerte del individuo. Piénsese en la diferencia que existe entre un cuerpo bello, vivo, tangible y caliente, y la Idea de Belleza, tan abstracta, tan lejana y tan fría. Cuando el filósofo crea su Idea, su momia, mata al individuo que le da origen. La creación del concepto o Idea implica la disecación del cadáver, su evisceración y relleno para que lo muerto tenga aspecto de vivo.

Disecar cadáveres para el uso del cuerpo en la otra vida es asunto de gentes bárbaras, primitivas, “idólatras”. Los filósofos adquieren el aspecto de una tribu peligrosa capaz de las prácticas más macabras para satisfacer sus supersticiones, sus perversiones.
La muerte, el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones, —incluso refutaciones.

La perversión del filósofo es la condena de la vida por su miedo a la vejez, a la muerte, a la procreación. Un mundo afectado por estas características es un mundo que queda refutado. El origen del desprecio de Platón por el mundo sensible es su miedo a las “imperfecciones” de la vida, su falta de ánimo para enfrentar una existencia inevitablemente devorada por el tiempo.
Lo que es no deviene; lo que deviene no es…

Esta es la síntesis del error metafísico que arrastramos desde Parménides: el ser es inmutable, no deviene, mientras que el mundo sensible, afectado por el tiempo y por el cambio, es una ilusión, una sombra, un engaño y, no sólo eso, también es pecado, algo de lo que el filósofo debe purificarse.
Ahora bien, todos ellos creen, incluso con desesperación, en lo que es.

Golpes a la filosofía de Platón: las Ideas no son objeto de ciencia sino de creencia. Creencia, además, “desesperada”. ¿Por qué desesperada? Porque tiene su origen en el miedo a la muerte y el deseo rastrero de permanecer, de perdurar.
Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. “Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador?”—”Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad!

La sensibilidad, ese defecto que nos convierte en mortales bicéfalos (Parménides) o que nos mantiene encadenados en el fondo de la caverna (Platón) es el engañador, la impureza que nos aparta del verdadero camino del ser.

Obsérvese como Nietzsche explota las connotaciones de la comparación de los filósofos con una horda salvaje que persigue y captura al chivo expiatorio de sus males -la sensibilidad- para ejecutarlo.
Estos sentidos, que también en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca del mundo verdadero.

Que los sentidos nos engañan acerca del mundo verdadero, de lo que es, está claro desde Parménides y Platón. Pero no sólo nos engañan también nos corrompen. Apreciar los sentidos es propio de una conducta inmoral, pecaminosa.
Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos, del devenir de la historia (Historie), de la mentira, —la historia: no es más que fe en los sentidos, fe en la mentira.

Texto PAU:  Link

Filosofía de la Ciencia y Valores


Filosofía de los valores

Percy Cayetano Acuña Vigil.
Publicado en: Arxitexton arxos.10 septembre 2014



Reflexión sobre la definición de los valores

  •        El valor es aquella cualidad que apreciamos en un objeto moral; es decir, es una cualidad, no una cosa; y se manifiesta en relación con la conducta humana, que hace patente dicha cualidad.
  •       Nietzsche, por ejemplo, se refiere a los valores como al fundamento de la comprensión del mundo y de la vida. Para Max Scheler, los valores se captan a través de la actividad emocional de la conciencia, no a través de una actividad puramente intelectual y, en oposición al formalismo kantiano, son "materiales", al formar parte del sentimiento intencional de la conciencia.
  • ·         Los valores, en cuanto cualidades de los objetos morales, son objetivos, están jerarquizados y se presentan polarizados (la belleza se opone a la fealdad, por ejemplo).
  •        Los valores son principios que nos permiten orientar nuestro comportamiento en función de realizarnos como personas. Son creencias fundamentales que nos ayudan a preferir, apreciar y elegir unas cosas en lugar de otras, o un comportamiento en lugar de otro. También son fuente de satisfacción y plenitud.
  •          Nos proporcionan una pauta para formular metas y propósitos, personales o colectivos. Reflejan nuestros intereses, sentimientos y convicciones más importantes.
  •       Los valores se refieren a necesidades humanas y representan ideales, sueños y aspiraciones, con una importancia independiente de las circunstancias. Por ejemplo, aunque seamos injustos la justicia sigue teniendo valor. Lo mismo ocurre con el bienestar o la felicidad.
  •     Los valores valen por sí mismos. Son importantes por lo que son, lo que significan, y lo que representan, y no por lo que se opine de ellos.
  •     Valores, actitudes y conductas están estrechamente relacionados. Cuando hablamos de actitud nos referimos a la disposición de actuar en cualquier momento, de acuerdo con nuestras creencias, sentimientos y valores.
  •        Los valores se traducen en pensamientos, conceptos o ideas, pero lo que más apreciamos es el comportamiento, lo que hacen las personas. Una persona valiosa es alguien que vive de acuerdo con los valores en los que cree. Ella vale lo que valen sus valores y la manera cómo los vive.
  •        Pero los valores también son la base para vivir en comunidad y relacionarnos con las demás personas. Permiten regular nuestra conducta para el bienestar colectivo y una convivencia armoniosa.
  •         Quizás por esta razón tenemos la tendencia a relacionarlos según reglas y normas de comportamiento, pero en realidad son decisiones. Es decir, decidimos actuar de una manera y no de otra con base en lo que es importante para nosotros como valor. Decidimos creer en eso y estimarlo de manera especial.
  •        Al llegar a una organización con valores ya definidos, de manera implícita asumimos aceptarlos y ponerlos en práctica. Es lo que los demás miembros de la organización esperan de nosotros.
  •        En una organización los valores son el marco del comportamiento que deben tener sus integrantes, y dependen de la naturaleza de la organización (su razón de ser); del propósito para el cual fue creada (sus objetivos); y de su proyección en el futuro (su visión). Para ello, deberían inspirar las actitudes y acciones necesarias para lograr sus objetivos.



Filosofia de los valores

Comparto este archivo, valioso y muy bién escrito:



PCAV.

Filosofía de la Ciencia y Valores
Blanca Inés Prada Márquez
Docente UIS

Universidad Industrial de Santander
Bucaramanga (Colombia)

Resumen

Nos proponemos en este artículo plantear que la filosofía de la ciencia no puede seguirse considerando únicamente como una actividad epistémica y metodológica, sino también como actividad axiológica, en el sentido de que su reflexión no debe apuntar solamente al cómo se han desarrollado las teorías científicas, sino también al deber ser de la ciencia, promoviendo nuevos valores tanto epistémicos como prácticos dentro del quehacer científico, y enfatizando sobre la responsabilidad ética y social del investigador.
1. ¿Existen valores en la ciencia? ¿Cuáles de esos valores le interesan a la reflexión filosófica?

Desde Moore, con su conocida "falacia naturalista" se solía considerar, por los filósofos de la ciencia, en las primeras décadas del siglo XX, que esta debía ser una actividad descriptiva, explicativa y predictiva, y que las teorías debían ser falsables, comprobables, verificables, enfatizando los valores cognitivos o epistémicos en la ciencia, pero en modo alguno se debía preguntar sobre el deber ser del quehacer científico. El mismo Laudan, en su libro Science and Values(1), insiste en que los valores y normas que él estudia no son los valores éticos, ni las normas morales, sino los valores cognitivos y las normas o reglas metodológicas.

Sin embargo, a mediados del siglo XX, con las consecuencias de la bomba atómica, y en particular en los últimos veinte años con el comienzo de la ingeniería genética, se fue tomando conciencia de que la ciencia no era, como pensaban los iluministas, suficiente por sí misma para instaurar una sociedad armónica, sino que ella ofrecía sí muchos beneficios a la humanidad, pero también significaba un inmenso riesgo. En otras palabras, se comprendió que la ciencia no era solamente una actividad teorética, sino también una actividad práctica capaz de transformar el mundo, e incluso de destruirlo. El científico no sólo indaga cómo es el mundo, sino que con su actividad está permanentemente transformándolo.

La ciencia como decía Bacon es poder. Quien conoce las leyes de la naturaleza tiene también el poder de dominarla. El filósofo inglés se mostró siempre muy entusiasmado ante el poder maravilloso que empezaba a vislumbrar en la ciencia, la cual veía como valor biológico puesto que tiene una importancia capital para la vida. Las ventajas que la ciencia ofrece son para Bacon fundamentalmente prácticas y utilitarias: gracias a ella la humanidad ya no tiembla aterrorizada ante las fuerzas de la naturaleza, posee los medios para mitigar o evitar el sufrimiento, y puede conseguir una vida más placentera y armónica. Antes el universo era un enemigo que se mostraba siempre hostil al hombre, ahora el universo puede convertirse en amigo gracias al progreso científico. Cuanto mayor es el conocimiento científico mayor es el dominio que se puede ejercer sobre la naturaleza. Como puede verse, es grande el entusiasmo de Francisco Bacon frente al valor práctico del conocimiento científico.

Una consecuencia de este valor práctico de la ciencia es la fórmula de Augusto Comte: “saber es prever”. Cuando se conocen las leyes a que obedecen los fenómenos se pueden prever los hechos y pronosticar los sucesos. Bacon y Comte señalan valores muy importantes, pero todos esos valores son de carácter práctico y utilitario. Existen además valores de otro orden, valores ideales de la ciencia que se refieren a su función teórica. La ciencia por ejemplo conduce a una gran unificación de los conocimientos y a ensanchar el horizonte del pensamiento. La ciencia, como decía Einstein, no vale solamente por sus aplicaciones prácticas sino también por las ideas que aporta para la comprensión y explicación del mundo(2). Pero también podríamos hablar de los valores éticos, sociales, culturales y políticos que desencadena no tanto el desarrollo de las teorías científicas, sino la aplicación de éstas (tecnociencia).

Poco a poco se ha ido comprendiendo que la ciencia encierra una multiplicidad de valores y esto ha hecho pensar a algunos filósofos de la ciencia, que su actividad debe ampliarse involucrando en su trabajo el estudio epistémico y metodológico, pero también el axiológico, de tal manera que hoy día es difícil mantener una separación radical entre la filosofía de la ciencia y la filosofía práctica, como trató de buscarlo Locke en sus Ensayos sobre el entendimiento humano, al separar entre Física (filosofía natural), Filosofía práctica (Etica) y Semiótica (o doctrina de los signos)(3).

En general, los filósofos que se han inscrito en la tradición empirista inspirados en Locke y Hume, y más tarde en Kant(4), y los neokantianos, redujeron la racionalidad de la ciencia a una racionalidad pura, separando la ciencia de la axiología; concepción que ha sido seguida incluso por sociólogos de la ciencia como Max Weber(5), para quien la finalidad de la ciencia, sea esta social o natural, es decir la verdad, tratando además de describir y explicar los fenómenos de la mejor manera posible. Según Weber, sólo se posee conocimiento científico cuando se logran explicaciones causales, pero sabemos muy bien que las explicaciones causales representan visiones muy fragmentadas y parciales de la realidad y exigen un retroceso causal, retroceso que debería llevar hasta el infinito, pero como esto es imposible el investigador se ve obligado a seleccionar aquellos aspectos que le interesa estudiar. Esta selección sólo puede realizarse haciendo referencia a valores. Dado que en la ciencia, a su juicio, no deben expresarse juicios de valor, plantea Weber que "el hombre de ciencia debe indicar claramente dónde y cuándo termina de hablar el científico y dónde y cuándo comienza a hablar el hombre de voluntad"(6). Esta reflexión la tiene muy en cuenta, sobretodo al referirse, en El Político y el científico, a la actividad docente. El maestro no es un caudillo que orienta políticamente a sus estudiantes, ni un profeta que reparte revelaciones sobre cómo actuar y sobre el sentido del mundo, sino un orientador cuya tarea es crear claridad y responsabilidad respecto a las posiciones que el alumno tome en relación con el mundo. El profesor ofrece pistas para que el alumno reflexione y asuma críticamente su compromiso político y ético como persona y como ciudadano(7). Sin embargo nos preguntamos: ¿es posible mantener una tal neutralidad en la docencia, sobretodo hoy, cuando la ciencia ha tocado las fibras más íntimas del ser humano, como sucede por ejemplo con la ingeniería genética? ¿O cuando la investigación sirve para desarrollar métodos crueles de destrucción masiva, como las armas nucleares o biológicas?.

Robert Mertón, otro sociólogo de la ciencia, recalcará al contrario que la ciencia no sólo ofrece una acervo muy importante de conocimientos acumulados, y de métodos para lograr dichos conocimientos, sino que ella incluye también una serie de prácticas sociales o comunitarias, prácticas que naturalmente están regidas por normas y valores, de donde deduce que además de una metodología y una epistemología, la filosofía de la ciencia debería incluir también una axiología, si de verdad quiere acercarse a la práctica científica real. Sin embargo, siguiendo una tesis reduccionista, se centró únicamente en el conocimiento científico y su expansión, dejando de lado el contexto de aplicación, sin duda una de las grandes peculiaridades de la ciencia(8), y donde el problema de su ethos y de sus valores resulta más importante.
2. El tema de los valores en la filosofía de la ciencia desarrollada por Popper, Kuhn y Laudan.

Muy diferente será la visión que puede deducirse de la filosofía de Karl Popper. Aunque algunas filósofos, con una mirada superficial sobre su obra lo hayan catalogado de cientificista, y hayan querido ver en él un exponente de la neutralidad valorativa, en la filosofía de la ciencia popperiana subyace un fuerte imperativo moral; la falsación y la crítica no sólo son preceptos metodológico sino también reglas propias del ethos de la ciencia.

Las consecuencias filosóficas del falsacionismo popperiano van mucho más allá de la ciencia experimental, concentrándose en lo que él llama "racionalismo crítico"(9). Sin embargo, en La Lógica de la Investigación científica, Popper centra toda su preocupación en resolver los aspectos prácticos de su metodología, y no ve las consecuencias filosóficas de su método; por otra parte, al centrar la crítica solamente en las refutaciones empíricas de las teorías científicas, relega a un segundo plano el "método de la discusión racional". Popper es el primero en darse cuenta de las limitaciones de su método en este campo(10).

Es así como, a partir de los debates que sostiene después de publicada la Lógica empieza a encontrarle universalidad a su método; ya en 1937, al analizar y tratar de darle sentido a la triada dialéctica hegelina de tesis, antítesis y síntesis, propone el método de "resolución de problemas" como consecuencia del método de "ensayo y error". Comprendió Popper que su énfasis en la eliminación crítica y en el surgimiento permanente de nuevos problemas, podía aplicarse en todos los ámbitos de las actividades humanas y no solamente en las ciencias experimentales; es por ello que en la Sociedad abierta y sus enemigos logró especificar por primera vez los rasgos fundamentales de lo que seguirá llamándose “racionalismo crítico”. Aquí el principio de falibilidad del conocimiento humano (toda teoría en principio puede ser falsa), se une al mensaje socrático “sólo sé que nada sé”, junto con una concepción de la racionalidad como “apertura a la crítica intersubjetiva”, en donde se ve a los otros sujetos en su verdadera dimensión, es decir, portadores de racionalidad. Más tarde en su conferencia “Tolerancia y responsabilidad intelectual” elevará este principio al rango de principio ético(11).

La comunicabilidad del conocimiento científico al igual que su crítica son condiciones indispensables para lograr la intersubjetividad, tesis esta que ya no tiene que ver con la metodología, ni con la epistemología, sino con la axiología, o si se quiere, se dan aquí los primeros pasos en esta dirección.. Es más, la concepción popperiana del ethos de la ciencia conduce a vincular la actividad científica con las normas políticas e institucionales de la sociedad concreta en donde la ciencia se elabora: “en último término, el progreso depende en gran medida de factores políticos, es decir, de instituciones políticas que salvaguarden la libertad de pensamiento”(12). Si bien Popper es demasiado idealista en su consideración sobre las instituciones, si podemos decir que con él se abre un campo de investigación para la filosofía de la ciencia alejada de las tendencias empiristas y científicistas.

Esta axiología de la ciencia que subyace en la filosofía popperiana nos muestra nuevos valores que pueden considerarse fundamentales para el desarrollo de la actividad científica, por ejemplo, la libertad de pensamiento y la libertad de crítica. Sin llegar a afirmar que democracia y libertad sean condiciones indispensables para lograr el desarrollo científico (la historia ha mostrado en numerosas ocasiones que esto no ha sido así), sin embargo, la ciencia siempre ha florecido en mayor medida en aquellas regiones más democráticas, porque si bien la ciencia es una actividad regulada y normatizada, la posibilidad de criticar y mejorar dichas reglas siempre debe estar abierta.

De igual manera Thomás Kuhn, mostró, no tanto en la Estructura de las revoluciones científicas (1962) sino en su conferencia de 1973 “Objetividad, juicios de valor y elección de teorías”(13) (escrita fundamentalmente para responder a las críticas de Lakatos, Shape y Shefer), que el proceso de evaluación de teorías rivales resulta ser mucho más complejo de lo que creyó la filosofía empirista de la ciencia. Kuhn distingue entre reglas y valores y afirma que los criterios de elección de teorías (precisión, coherencia, amplitud, simplicidad y fecundidad) funcionan como valores incompletos y no como reglas de decisión, puesto que a la hora de enjuiciar las teorías, científicos adscritos a los mismos programas de investigación pueden expresar valoraciones distintas.

Para Kuhn la racionalidad científica depende de una pluralidad de valores compartidos, cuya fluctuante combinación suscita la elección de unas teorías frente a otras. Considera que no hay ningún algoritmo compartido de elección racional de teorías que pudiera dilucidar la mayor o menor científicidad de las teorías científicas teniendo en cuenta su grado de corroboración (como lo plantea Carnap) o de falsación (al estilo popperiano), ni por su aproximación a la verdad (escuela de Helsinki), ni por su capacidad para la resolución de problemas (Laudan), sino que la elección entre teorías rivales está regida por una pluralidad de valores, valores que han ido evolucionando según las épocas y que además se van comunicando de una ciencia a otra(14). De la filosofía de la ciencia kuhniana se desprende que la comprensión de la racionalidad científica exige no sólo un trabajo metodológico y epistemológico, sino también axiológico; es más, la comprensión del ethos de la ciencia necesita de la realización de un estudio profundo de los valores que subyacen dentro del quehacer histórico de los hombres de ciencia (trabajo que no ha sido realizado todavía), pero que dio pie al interesante libro de Larry Laudan, Science and Values (1984), que ya hemos mencionado(15).

En el libro citado se propuso Laudan elaborar una teoría unificadora de la racionalidad científica, trabajo que había ya iniciado en El progreso y sus valores (1977)(16), donde se afirmaba que la ciencia, en esencia, es una actividad de resolución de problemas(17), coincidiendo aquí con Popper, y Kuhn, pero subrayando que resolver problemas no se reduce a explicar hechos, en efecto hay numerosos hechos que durante largo tiempo no supusieron problemas científicos aceptándose explicaciones míticas, religiosas o astrológicas. Laudan se separa también de Popper al considerar que la verdad y la falsedad son irrelevantes para la resolución de problemas(18), y coincide con Lakatos al afirmar el criterio de racionalidad fundado en el progreso, “la racionalidad consiste en la elección de teorías más progresivas”(19).

Sin embargo Laudan sólo se ocupa de los valores epistémicos (verdad, coherencia, simplicidad y fecundidad predictiva), o lo que él llama “la evaluación cognoscitivamente racional”, considerando que la ciencia sólo debe ocuparse de la evaluación de las cuestiones epistémicas de la ciencia, renunciando al análisis de la praxis científica en toda su complejidad, considerando que ésta (la praxis científica) pertenece a dimensiones no racionales de la evaluación de problemas, pero curiosamente reinvindica la dialéctica y la pluralidad de concepciones rivales como signo de racionalidad y de progreso.

Otros autores como Echeverría, por ejemplo, se preguntan ¿por qué habría que separar la reflexión filosófica sobre la actividad científica de una reflexión sobre los valores plurales que de hecho la rigen? Y responde que la filosofía de la ciencia no sólo ha de incluir una axiología, sino que dicha axiología no debe limitarse sólo a los valores epistémicos, sino también a aquellos valores de relevancia y utilidad social(20).
3. La ilusión de construir una ética científica.

Algunos autores se preguntan también si es posible una ética científica, pregunta que podría significar que es posible fundamentar la ética en la ciencia, o más bien, que toda ciencia (y toda actividad humana) debe fundamentarse en la ética. Por lo menos podemos hablar de tres proyectos de ética científica: en el siglo XVII el proyecto cartesiano, y en el siglo XX los proyectos de Mario Bunge y Miguel Angel Quintanilla.

Descartes, en el prefacio a los Principios plantea su idea moral fundamentada en las ciencias. Con la imagen del árbol nos dice que la moral es una rama que presupone un conocimiento completo de las otras ciencias (la medicina y la mecánica que eran las ciencias de su época) y por ello era el último peldaño en la escala de la sabiduría. La misma idea había sido expresada en la sexta Parte del Dircurso del método, en donde escribió:

Esas nociones (de la física) me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida, y que, en lugar de la filosofía especulativa, enseñada en las escuelas, es posible encontrar una filosofía práctica, por medio de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros y de los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharlas del mismo modo, en todos los usos a que sean propias y de esta forma hacernos como dueños y señores de la naturaleza(21).

Descartes, optimista como Bacon frente al desarrollo científico, fue el primero en creer en la utopía tecnológica de la modernidad, al considerar que la tecnología nos ayudaría a vivir mejor, a ser más felices, controlando racionalmente la naturaleza y las pasiones, pero como en su época el desarrollo científico era incipiente, considera suficiente plantear sólo una moral provisional, en espera de un mayor desarrollo de las ciencias y las artes.

Después de Descartes han habido varios proyectos para fundamentar la ética en la ciencia, no tanto en una ciencia puramente teórica, como lo era la ciencia de la época cartesiana, sino en una ciencia experimental, capaz de tener eficacia gracias a su aplicación en la transformación del mundo. Así pues, en el siglo XX con el impresionante desarrollo de la tecnología, algunos pensadores creyeron llegado el momento de realizar el proyecto cartesiano, postulando que la ética debía basarse en la racionalidad científico-tecnológica y convertirse en tecnoética. Una tecnoética que como la ciencia pudiera describir y explicar los actos humanos, predecir y aplicar dichas predicciones para controlar y dominar la naturaleza humana y la sociedad.

El primer caso al que quiero referirme es al de Mario Bunge, quien entiende la “ética científica” como la ciencia de la conducta deseable, empleando el método científico y los conocimientos de la ciencia acerca del individuo y la sociedad. Esta ética requeriría tres niveles: el descriptivo, el normativo y el metaético. Por lo tanto, “la nueva ética que se prefigura constará probablemente de tres ramas: la ètica descriptiva o ética psicosocial, que sería la ciencia de la conducta considerada como fenómeno psicosocial; la ética normativa o ética teórica, ética de la conducta deseable en cada contexto; y la metaciencia o filosofía científica de la ética científica que sería la consideración filosófica de la ética científica”(22). De la sensibilización del científico ante los problemas morales y de la capacidad del moralista para fundar su discurso en el saber contrastado de la ciencia, depende, según Bunge, el éxito del proyecto de fundamentación racional del saber ético.

No hay duda que la comprensión de muchos problemas morales como la delincuencia, el consumo de drogas, la violencia y otros, exigen hoy sólidos conocimientos científicos en biología, psicología y sociología, particularmente, pero pensamos que aquí no radica todo el problema. En ética tenemos necesidad de un trabajo interdisciplinario. La comprensión de los comportamientos humanos en el mundo actual, donde existen múltiples concepciones de vida buena, exige algo más que investigación científica: exige la aceptación del imperativo de la dignidad humana, dignidad que se fundamenta en el hecho de que el hombre es un ser racional y como tal un ser libre y autónomo, cuya ontología rechaza todo intento de instrumentación al ser un fin, jamás un medio. No se puede hacer hoy una ética de espaldas a la ciencia, pero tampoco olvidar que todo discurso ético es ya un discurso filosófico sin que esto suene como partidismo hegemónico a favor de la filosofía, sino en el sentido de que todo discurso ético esta orientado hacia el deber ser.

Por su parte Quintanilla, para quien la opción por la razón conlleva irremisiblemente a la opción por la racionalidad científica, quisiera hacer de la ética una tecnología capaz de controlar la maldad humana y lograr la realización del bien(23). Si la moral se entiende como costumbre, la ética sería entonces una tecnología social que podría cambiar las malas costumbres e incentivar otras. Pero si la moral se entiende como acción determinada por los genes, entonces la ética sería una tecnología biológica, presuponiendo en ambos casos lo que es moral para poder controlar y transformar el comportamiento humano. Pero ¿quién tiene los criterios para decidir? ¿Quién sabe lo que es el bien para medir una acción particular?... ¿Los científicos? Si así fuese, caeríamos en una pérdida absoluta de libertad y por lo tanto de la ética misma. O ¿acaso los políticos? En este caso ¿no estarían los científicos autorizados a ocultar su responsabilidad moral?.

Hay también la tendencia a fundamentar la ética en la biología. Así por ejemplo, mientras J. Monod(24) excluyó la ética de la ciencia porque consideraba que no hay que confundir conocimiento con ética, verdad con valores, E O. Wilson(25) trata de fundar la ética en la biología, a partir de su propuesta de “nueva síntesis” entre biología y sociología que termina en una reducción de lo social a lo biológico. Wilson nos dice que existen reglas “epigénicas” que nos llevan a actuar de manera egoísta o altruista, reduciendo la explicación de la conducta moral (altruismo, imperativos éticos, egoísmo, etc.) a una explicación genética, sustentando en últimas toda la cultura en los genes. La cultura humana, dice Wilson, “es la técnica tortuosa por medio de la cual el material genético humano ha sido y será conservado intacto. No es posible demostrar otra función definitiva de la moral”(26).

Aceptando que existen condicionamientos biológicos, psicológicos, económicos y sociales en nuestros comportamientos, el problema está en la actitud reduccionista por parte de científicos y filósofos. No se puede desconocer que la investigación científica ha abierto un amplio panorama para la reflexión ética, sin que por ello se haya logrado hacer del comportamiento humano un hecho capaz de ser comprendido, en toda su complejidad, únicamente acudiendo a estudios específicamente científicos.

A medida que avanza la investigación científica el ser humano en su totalidad se ha visto implicado en ella, las fibras más íntimas de su ser son ahora, fácilmente manipulables por dicha investigación. Es urgente por lo tanto realizar una reflexión filosófica que involucre a la actividad científica en toda su complejidad, centrada fundamentalmente en todos aquellos criterios axiológicos que dicha actividad pone en marcha, y en las consecuencias prácticas que su aplicación tiene para el hombre, la sociedad y el medio ambiente. Hasta la fecha la mayoría de los filósofos y sociólogos de la ciencia se han ocupado casi exclusivamente de los contextos de descubrimiento y justificación, desconociendo otros contextos como los de educación y aplicación; además han simplificando demasiado el contexto de evaluación ya que se ha reducido sólo al estudio de teorías alternativas, sin tener en cuenta que la praxis científica es un proceso interactivo que tiene lugar en todas las fases del proceso científico.
4. La propuesta de Nicholás Rescher en torno al tema de los valores en la ciencia y la tecnología.

Nicholás Rescher en su libro Razón y valores en la Era científico-tecnológica, después de analizar ampliamente toda la problemática del valor, y de mostrar que el valor no es sólo una cuestión subjetiva, sino también objetiva, explica que los valores en la ciencia tienen que ver fundamentalmente con:

Los objetivos de la ciencia:
Los cometidos de la investigación científica siempre tienen que ver con valoraciones, por ejemplo, el tema de una investigación es elegido por sujetos individuales o por grupos, pero dicha elección se hace siempre dando preferencia a unos temas sobre otros y teniendo en cuenta la inversión en tiempo, esfuerzos y recursos. La conducta misma del investigador está vinculada con valores tales como la veracidad, la precisión, la objetividad. De igual manera sucede con la descripción efectiva, la predicción, el control y dominio de la naturaleza que se traduce en tecnología.

Valores de la ciencia en cuanto a teoría. Ciertos factores de valor constituyen los desiderata de las teorías científicas, en los cuales se incluyen los factores de coherencia, consistencia, generalidad, comprensibilidad, simplicidad, exactitud, precisión y otros. Aquí se encuentran también los valores incluidos en la gestión del riesgo cognitivo, en especial los standars de prueba y rigor en las consideraciones que sirven para determinar, cuántas pruebas empíricas se requieren para justificare la aceptabilidad de ciertas afirmaciones científicas.

Valores de la ciencia en cuanto proceso de producción: valores inherentes a los trabajadores científicos, es decir a los actores mismos, tales como perseverancia y persistencia, veracidad, honradez intelectual, cuidado del detalle, pasión por la búsqueda de la verdad, modestia intelectual. Aquí entran también los estímulos al investigador y la búsqueda por el investigador mismo de incentivos y premios.

Valores de la ciencia en cuanto a aplicación:
Algunos factores de valor representan el beneficio de los productos de la ciencia, relacionados principalmente con la aplicación de ésta a las ventajas de los desideratas humanos, tales como el bienestar, la salud, la longevidad, la comodidad, etc., especialmente hablando de ciencias como la medicina, la agricultura y la ingeniería genética(27). En estas ciencias sobre todo encontramos los modos a través de los cuales los valores impregnan la labor científico-tecnológica, por ejemplo al evaluar el carácter deseable o no de las diversas implementaciones tecnológicas, al preguntar ¿es deseable (ética o moralmente) realizar manipulaciones psicológicas, organizar grupos de presión para orientar la opinión, desarrollar armas de destrucción masiva, etc?. En diversas áreas de la medicina surgen preguntas sobre la clonación y el aborto, sólo para dar dos ejemplos; o sobre la puesta en práctica de la investigación médica: el ensañamiento terapeútico, la eutanasia, la prolongación artificial de la vida, y muchas otras preguntas que hoy plantea el desarrollo de las últimas tecnologías en medicina(28).

El conocimiento científico es un bien humano, un bien valiosísimo, pero al fin y al cabo un bien entre otros, puesto que el hombre además de bienes específicamente cognitivos, estima también otros bienes relacionados con la calidad de vida personal y comunitaria: bienestar físico, compañerismo, atractivo del medio ambiente, armonía social, desarrollo cultural, etc. El progreso científico-tecnológico si es cierto, como pensaba Francisco Bacon, que puede hacer más fácil la vida humana, pero no la simplifica ni elimina su complejidad, y con frecuencia, mal empleada, aumenta por el contrario los problemas, o plantea nuevos problemas. Problemas que obligan hoy a preguntarnos seriamente sobre los límites del progreso científico, límites no tanto teóricos sino prácticos. No se trata de ponerle límites a la mente humana, sino sólo de ponerle límites a la aplicación irresponsable de aquello que el hombre es capaz de inventar o descubrir.

A manera de conclusión

Los valores desempeñan un papel central en la ciencia y ese cometido no es arbitrario o añadido, sino inherente a su propia estructura de búsqueda racional de comprensión y acomodación al mundo natural que constituye el entorno de nuestra vida. No hay por lo tanto cabida para separar la ciencia de las cuestiones evaluativas, ni de la ética. Al contrario se impone la necesidad de incluir dentro del ámbito de la filosofía de la ciencia no sólo una axiología enfocada hacia los valores epistémicos, y metodológicos, sino también hacia los valores sociales, éticos, estéticos y ecológicos en la ciencia. Esta axiología estudiaría la ciencia tal como ella se produce tanto a nivel individual, como grupal, institucional, y social. Trabajo en el cual colaborarían naturalmente filósofos, historiadores y sociólogos de la ciencia, pero también expertos en la incidencia de la tecnociencia en la sociedad, y ojalá también científicos.

La conciencia del sentido axiológico de la actividad científica debería tenerse muy en cuenta en la formación y educación de los futuros hombres de ciencia y tecnología. Nadie ignora que la educación científica es un proceso enfocado hacia la construcción de saber teórico y práctico" por eso adopta la forma de saber sobre el mundo. En ningún contexto como en el educativo es indispensable la normatización, en ningún contexto fracasa tanto la idea de Feyerabend de "todo vale"(29). Puesto que la enseñanza de la ciencia es condición necesaria para la reproducción y el mejor desarrollo del conocimiento científico, sería un error ignorar los valores que rigen esta fase de la educación científica: orden, claridad, capacidad argumentativa, potenciación del espíritu crítico, modestia intelectual, respeto por la dignidad humana, interés por ayudar a solucionar los problemas más graves de su propia sociedad y respeto por el medio ambiente, son entre otros, valores que deben empezar a desarrollarse desde los bancos de la escuela y enfatizarse sobretodo en la universidad.

Si la filosofía de la ciencia tomara en cuenta la pluralidad axiológica de la actividad científica, no tendría por qué ser considerada como un saber de segundo nivel o teorización de teorizaciones, como lo plantea Ulises Moulines(30), puesto que su ámbito de estudio no dependería solamente de cómo se ha desarrollado la actividad científica, sino del deber ser de esta actividad. Lo cual no significa que estemos postulando una filosofía de la ciencia normativa en cuanto a los contenidos y métodos de la ciencia, sino, que sin dejar de intensivar el pluralismo metodológico, promoviera también valores tanto epistémicos como prácticos que pudieran ofrecer innovaciones axiológicas al trabajo realizado por los hombres de ciencia y tecnología. Una filosofía de la ciencia capaz de conscientizar sobre la necesidad de humanizar la actividad científica en un mundo donde priman los medios sobre los fines, y donde la ciencia ya no es la búsqueda desinteresada del saber, sino también la búsqueda del saber con intenciones mercantilistas y politiqueras para dominar, controlar y ganar.

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Bucaramanga, noviembre 30 de 2001,
Notas:

(1) Berkeley, University of California Press, 1984.

(2) Ver: FINGERMANN, Gregorio. Lógica y teoría del conocimiento. Buenos Aires, Ateneo, pp. 151-159.

(3) LOCKE, op, cit, Madrid, Ed. Nacional, 1980, vol. II, p. 1070.

(4) Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Traducción de García Morente. Madrid, Spasa-Calpep. 1967, p. 135.

(5) Sobre la teoría de las ciencias sociales. Barcelona, Península, 1971.

(6) Ibid, p. 19.

(7)WEBER, Max. . El político y el científico. Capítulo 2: La ciencia como vocación. Altaya, Barcelona, 1995.

(8) MERTON, Estudios sobre sociología de la ciencia. Madrid, Alianza, 1980, pp. 66-69.

(9) PRADA M. Blanca Inés. Ensayos en torno al pensamiento de Karl Popper. Bucaramanga, ediciones UIS, 1994, p. 8.

(10) Lógica de la Investigación científica. Madrid, Tecnos, 1985, p. 43.

(11) Sociedad abierta, universo abierto. Madrid, Tecnos, 1984, pp. 139-158.

(12) Miseria del historicismo. Madrid, Alianza, 1978, p. 170.

(13) Conferencia dictada por Kuhn en la Furmant University el 30 de noviembre de 1973. Ver La tensión esencial, F.C.E, México, 1987, pp. 344- 364.

(14) La tensión esencial. . Madrid, F.C.E., 1983, pp. 355-360.

(15) Berkeley Univ. of California Press. Este libro no está traducido al español pero se puede consultar un estudio muy interesante de GONZALEZ J. Wenceslao, El pensamiento de Laudan. En particular el capítulo tercero. Universidad de Coruña, 1998.

(16) Hay traducción española. Madrid, Encuentro, 1986.

(17) Ibid, p. 39.

(18) Ibid, p. 54.

(19) Ibid, p. 33.

(20) “El pluralismo axiológico de la ciencia”. En J. L. ECHEVARRIA. Isegoría, 12 (1995), pp. 44- 79.

(21) Ver Discurso del método, Dióptrica, Meteoros y Geometría. Ediciones Alfaguara, Madrid, 1987, pp. 44-45.

(22) BUNGE, Mario. Etica y ciencia. Buenos Aires, Siglo XX, 1972, p. 81.

(23) QUINTANILLA, Miguel Angel. A favor de la razón. Ensayos de filosofía práctica. Madrid, Taurus, 1981.

(24) Ver, El azar y la necesidad. Barcelona, Barral, 1971.

(25) Sobre la naturaleza humana.

(26) Sobre la naturaleza humana. Cita de RUIZ de la PEÑA. Las nuevas antropologías. Santander, Sal Terre, 1983, p. 236-237.

(27) RESCHER, Nicholás. Razón y valores en la Era científico-tecnológica. Madrid, Paidós, 1999, pp. 90-94.

(28) Ver. ANDORRO, Roberto. Bioética y dignidad de la persona. Madrid, Tecnos, 1998. Ver también BAUDOUIN Jean – Louis y BLONDEAU Danielle. La ética ante la muerte y el derecho a morir. Barcelona, Herder, 1995.

(29) Ver ECHEVERRIA, Javier. "El pluralismo axiológico de la ciencia". En Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, No. 12,. Barcelona, 1995.

(30) MOULINES, Ulises. "La filosofía de la ciencia como disciplina hermeneútica". En Isegoría. Revista de Filosofía moral y política. Barcelona, 1990, pp. 110.

miércoles, 26 de octubre de 2016

El filósofo Josep María Esquirol, premio Nacional de Ensayo. España.

Premio Nacional de Ensayo
El filósofo Josep María Esquirol, premio Nacional de Ensayo

El galardón, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, es por la obra ‘La resistencia íntima: ensayo de una filosofía de la proximidad’

Barcelona 25 OCT 2016 - 20:32 CEST


El filósofo Josep Maria Esquirol, en su casa en Barcelona, en abril de 2015. JUAN BARBOSA

Cree el filósofo Josep Maria Esquirol (Mediona, Barcelona, 1963) que “la autoayuda empieza a rozar la obsolescencia, con sus propuestas simples y sus planteamientos banales que no llevan a sitio alguno y, por ello, generan ya hasta malestar”. Y, por otro, piensa que “en las sesudas ramas de las ciencias humanas los discursos son cada vez más tecnicistas, con un lenguaje aparentemente científico que no es más que un barniz, porque detrás tampoco dicen nada sobre cómo orientar la vida real”. Justo en el medio, con “un lenguaje coloquial con el que intenta, dice, aproximarse “a las experiencias más hondas de la vida”, se sitúa La resistencia íntima (Acantilado; Quaderns Crema en catalán), con el que obtuvo ayer el Premio Nacional de Ensayo, dotado con 20.000 euros. Esquirol es profesor de Filosofía Política en la Universidad de Barcelona, donde imparte desde hace tres décadas.

El libro funcionó desde su salida, en marzo de 2015, solo con el boca a boca; luego vino la prensa. La clave estaba en la perfecta simbiosis entre forma y fondo, como reconocía el jurado del galardón que concede el Ministerio de Cultura, que destaca de esta obra su propuesta de “meditar, de manera directa y personal, sobre la propia vida ayudando a vivirla con mayor lucidez y consciencia. Un buen ejemplo de filosofía de alto estilo capaz de interpelar a cualquier clase de lector”. Porque la obra hace un llamamiento a admirar lo simple y llano, lo cotidiano, una reivindicación del comer juntos, la proximidad, la familia, un regreso a casa... “Es una cierta respuesta a la aceleración, a esta sociedad donde todo caduca pronto, que requiere recambio constante para todo; muy consumista, sí, pero que aún así genera insatisfacción... Frente a ello, reivindico la cotidianeidad, la casa entendida no como construcción arquitectónica sino como amparo, protección, intimidad, una respuesta a esa intemperie en la que estamos; intemperie física, pero también metafísica: esa falta de sentido a la vida”.

Evita Esquirol, que se apoya en pesos pesados como Heidegger, Levinas, Derrida o Deleuze que traduce siempre a exposiciones muy entendedoras, que su llamada a la introspección sea leída como mirarse y encerrarse en uno mismo, reforzando la individualidad. “Lo íntimo equivale en mi caso a lo próximo, reivindico las cosas muy cercanas, las personas y los paisajes, cosas concretas, no abstracciones; toda proximidad hace concreción”. Todo ello lo reivindica, curiosamente, “en una sociedad que parece muy materialista, pero que está plenamente inmersa en la abstracción; por ello hablo también de abrazar: dar la mano o acariciar son gestos de una riqueza indiscutible: todo es susceptible de banalizarse, pero un buen abrazo no tiene sustituto”.

También desea marcar distancias entre la intimidad que destila su planteamiento y la mala lectura de esa interioridad que está haciendo la sociedad, que la confunde con un exhibicionismo que va desde mostrar la ropa interior o el uso de las transparencias a programas tipo Gran Hermano: mostrarse como falso sinónimo de sincero, ergo bueno. “Estoy lejos de ese exhibicionismo: intimidad significa siempre estar en la penumbra, resguardado, lo de la casa; es lo que decía Walter Benjamin sobre los entonces nuevos edificios de vidrio: que no tenían aura...; una cosa es una ventana, símbolo en sí mismo de intimidad; un edificio todo de vidrio es justamente falta de penumbra, de protección”.

Imparte Esquirol asignaturas de filosofía política y pensamiento contemporáneo. ¿Puede aplicarse La resistencia íntima a la política? “Es un hilo del que voy tirando hace un tiempo y en el que estoy trabajando ahora: la resistencia íntima en política tiene que ver con la generosidad; a mi entender, la fraternidad es la realización de la igualdad y la fraternidad; sin la primera, las otras dos se quedan en aspectos meramente formales, sin contenido real”.

Asoma también en La resistencia íntima un rechazo a lo que llama el autor el “imperio a la actualilidad”. Tanto sus ventas como ahora el premio le han puesto precisamente en pleno centro de ese imperio. “No hay nada perverso en sí en la actualidad; el problema es que creo que hay que acabar siempre con algo que se convierte en hegemónico; en cualquier caso, desde hace un año no hago más que rechazar participar en tertulias y programas audiovisuales; no quiero entras ahí”. Esquirol está mejor en su casa.

Referencia: Publicado en: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/25/actualidad/1477392274_994517.html  
Madrid.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Auguste Comte: Curso de filosofía positiva

Auguste Comte: Curso de filosofía positiva

 

Publicado en seis volúmenes en París entre 1830 y 1842, el Curso de filosofía positiva es la obra principal del filósofo francés Augusto Comte, iniciador y principal representante del positivismo. El propósito del Curso, que se compone de 57 lecciones, es exponer y examinar de forma sistemática todo el saber científico desde el punto de vista de la filosofía positiva.

Dentro de las dos primeras lecciones, y como paso previo, Comte enuncia su célebre "ley de los tres estados", según la cual el desarrollo del pensamiento humano se realiza pasando por tres etapas sucesivas. El primero es el estado "teológico" (o ficticio), en que el espíritu investiga la naturaleza primera de las cosas, las esencias y las causas finales, y se representa los fenómenos como producidos por la acción directa y continua de agentes sobrenaturales, como dioses o seres mitológicos.

El segundo estado, llamado estado "metafísico" (o abstracto), no es más que una modificación del precedente, en cuanto que sustituye los agentes sobrenaturales de las cosas por fuerzas abstractas, por "abstracciones personificadas" concebidas como capaces de generar por sí solas los fenómenos (por ejemplo, la noción de fuerza en física). En este estado, "explicar" los fenómenos significa asignar a cada uno la entidad correspondiente.

Augusto Comte

El tercero y último es el estado "positivo", en que el espíritu humano renuncia a investigar el origen y el fin de las cosas, así como al estudio de las causas, y, combinando experiencias y razonamientos, se limita a fijar las leyes efectivas de los fenómenos, esto es, sus relaciones invariables de sucesión y similitud; explicar los fenómenos significa sólo establecer un vínculo entre los diversos fenómenos particulares y algunos hechos generales. El progreso de la ciencia intenta ir disminuyendo, cada vez más, el número de tales hechos generales.

El carácter fundamental de la filosofía positiva consiste, pues, en considerar que los fenómenos están regidos por leyes invariables naturales; se prescinde de la cuestión de la causas juzgándola un problema inexistente. Para Comte, la finalidad de la ciencia es la previsión: "savoir pour prévoir" (saber para prever). En todas las ramas de lo que se puede saber, afirma Comte, la filosofía positiva ha podido derribar la mentalidad teológica y metafísica. Sólo la sociología (la "física social"), ciencia que todavía ha de constituirse, no ha llegado todavía al estado positivo, y éste es el gran cometido de la filosofía positiva. Una vez construida, la sociología cerrará todo el sistema de las ciencias.

Por esta razón, la exposición de las líneas fundamentales de esta futura sociología debe ir precedida de la exposición de las ciencias desde el punto de vista positivo, es decir, desde el doble punto de vista de los métodos y de sus principales resultados. A esta exposición dedica Comte la mayor parte de las restantes lecciones del Curso de filosofía positiva. Las ciencias se clasifican en un orden natural de generalidad y sencillez decreciente, que históricamente corresponde también a las diversas épocas en que alcanzan su completo desarrollo: matemáticas, astronomía, física, química, biología y finalmente sociología, coronación de todo el sistema.

En la sociología Comte compendia, en efecto, la filosofía de la historia, de la cultura, la gnoseología y hasta la religión. Todo el saber está privado de sentido si no es referido al hombre: pero, como para Marx, para Comte el hombre no es el individuo aislado (objeto de la psicología), sino el hombre en cuanto sociedad ("espíritu objetivo", como hubiera dicho Hegel). Pese a la tradicional contraposición que se ha establecido entre el positivismo y el idealismo, hay que señalar que el objetivismo que hay en la base de la filosofía de Comte no es el realismo dogmático prekantiano, sino un objetivismo que, al menos en este aspecto, desarrolla de manera original las conquistas de Hegel y de su escuela.

La sociología de Augusto Comte es todavía incierta en el Curso de filosofía positiva, y se limita a la dinámica social. Comte proyecta una historia de la sociedad humana desde el punto de vista de la ley de los tres estados: la historia de la sociedad humana es la liberación progresiva del mito de la trascendencia y de la organización jurídico-estatal fundada en el dominio, para llegar a un culto de la humanidad en que los hombres se gobernarán sobre la base de la igualdad.

La política del Curso es todavía preferentemente intelectualista; en sus obras posteriores, Sistema de política positiva y Catecismo positivista, acabarán prevaleciendo los elementos sentimentales, y la visión crítica del problema de una sociología filosófica se oscurecerá en una dogmática utopista. Es por ello que el Curso de filosofía positiva constituye no sólo la principal obra de Comte, sino también el texto más sólido y más profundo del positivismo filosófico.

Referencia: http://www.biografiasyvidas.com/obra/curso_filosofia_positiva.htm