lunes, 28 de diciembre de 2015

El Dandismo: Charles Baudelaire




El Dandismo

El dandi solo existe cuando hay ojos, los suyos u otros, para mirarlo.

Jules Barbey d'Aurevilly


Charles Baudelaire (1821-1867),  hizo un estudio de las dos clases sociales entre las que era posible que el dandismo surgiera -entre una aristocracia pasada y una democrática burguesía-. Frente a la primera generación de dandys ingleses del siglo XVIII que pretendían ascender socialmente -queriendo aparentar valores propios de la aristocracia- los pertenecientes al dandismo francés consideran más propio distinguirse personalmente e individualizarse.

Baudelaire en Las flores del mal[1], y en sus Pequeños poemas en prosa y sus admirables páginas de crítica artística intentó encontrar un camino personal en medio de una época de transformaciones y de replanteamientos en el campo de los valores estéticos, artísticos, ideológicos y sociales.


El filósofo alemán W. Benjamin afirmará:

«[...] La importancia excepcional de Baudelaire es de haber sido el primero, y con el mayor rigor, en manifestar concretamente la fuerza productora del hombre alienado, convertido en extranjero ante sí mismo»[2].


En este contexto Charles Baudelaire, expone en Las flores del Mal, con diversos símbolos e imágenes, el tema del dandysmo que se resume en tres facetas diversas que trata con distintos matices. El Dandi orgulloso que no acata las normas sociales como símbolo de libertad; El Dandi que identifica el gusto por la nada, simbolizado por el Albatros que cuando llega a tierra se deshace y el Dandi hastiado, sin interés por la vida y en donde la muerte es su punto final.

Toda la filosofía del dandismo se fundamenta en dos conceptos: lo artificial en el plano estético y lo inútil en el plano moral. La obra de Baudelaire representa la depuración de todas las ideas anteriores, desde las de Byron a Barbey d’Aurebilly comprendiendo las de Stendhal y Balzac. En ellas se fundamenta la visión de su tiempo. Posteriormente no se agregó calidad sino novedad por exceso al tratarse el tema.

El Dandismo es, por encima de todo, un culto del yo. El dandi se transforma a sí mismo en objeto, mediante una manipulación caprichosa y fabuladora, para la pura y simple afirmación del yo: en palabras de Baudelaire, el dandysmo es "una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se descubre en los demás, por ejemplo en la mujer, y que hasta puede sobrevivir a todo lo que se suele denominar como ilusiones." El dandismo es un ceremonial, en el que el dandi es su sacerdote y su víctima. "El dandi no hace nada", sentencia Baudelaire, o al menos no hace nada productivo, excepto trabajar sobre sí mismo.


Baudelaire en su búsqueda de afirmación apela de forma constante a los valores tradicionales, a cual más reaccionario, "aquel perverso adopta de una vez por todas la moral más vulgar y rigurosa" en palabras de Sartre, remitiéndose a un mundo ya desaparecido para siempre con la revolución francesa; el mundo de un Joseph de Maistre . Baudelaire, en su indiferencia radical hacia todo lo que le rodea, se aferra al territorio mítico del mundo aristocrático, confundido con artificiosa ingenuidad con cierta aristocracia del espíritu. Es en este mundo establecido agonizante, parcialmente envilecido aunque todavía no derrotado por la democracia, donde el dandy puede afirmar su singularidad.

Nicolás Casullo, definió en su libro Itinerarios de la modernidad [3] al dandismo de la siguiente manera: “(…) una nueva religión de aquellos que están conformando las primeras avanzadas culturales y estéticas a mediados del siglo XIX. Dandi es aquel que hace de su propia figura, de su propia identidad, la mayor de las obras de arte (…) el dandi es un perfil fantasmal, pero también un lugar sin demasiados asideros (…) sólo odia lo vulgar, lo ramplón, la opinión de las masas, la propia democratización de la cultura”. Hay en esta definición muchas notas interesantes que exhiben al dandi en forma integral. El dandi tiene algo de infantil y mucho de reaccionario en su postura frente a la sociedad y la cultura.

El elemento de rebeldía que define al dandi  lo convierte, muchas veces, en un odioso obtuso que desdeña todo aquello que no provenga de sí mismo, perdiendo así la oportunidad de ejercer la búsqueda de lo nuevo. Dicho búsqueda queda reducida a “lo nuevo” dentro de un grupo minúsculo de aristócratas. El dandy, en su cruzada contra todo lo ramplón, recae en el sectarismo y la infamia.

Casullo agrega la referencia a la figura del flâneur que plantea Baudelaire. El flâneur es el que flota en la ciudad, la recorre, la mira, la visita diariamente.  Su poética tomará los temas de esa nueva ciudad: la multitud, lo anónimo, lo fugaz de las visiones, la maravillosa soledad de la noche y sus extraños personajes.

El término flâneur  procede del francés, y significa 'paseante', 'callejero'. La palabra flânerie ('callejeo', 'vagabundeo') se refiere a la actividad propia del flâneur: vagar por las calles, callejear sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y las impresiones que le salen al paso.

El flâneur era, ante todo, un tipo literario en la Francia del s. XIX, inseparable de cualquier estampa de las calles de París. Llevaba aparejado un conjunto de rasgos variopintos: el personaje indolente, el explorador urbano, el individuo curtido en la calle, etc. Fue Walter Benjamin quien, a partir de la poesía de Charles Baudelaire, le hizo objeto del interés académico durante la pasada centuria, como figura emblemática de la experiencia urbana y moderna.3 Gracias a Benjamin, el flâneur pasó a convertirse en una figura importante para estudiosos, artistas y literatos.


El flâneur pierde algo de la petulancia del dandi; no aquella parte que corresponde a los deseos de un orden más elevado sino más bien la que está relacionada con las consecuencias políticas de su conducta. Su materia prima es la ciudad y su gente, la fascinación que siente no le permite aborrecer a la chusma, a los desechos de la sociedad moderna, o en todo caso no le permite aborrecerlos desde premisas racistas o aborrecerlos más que al resto de los estratos sociales.

El dandy precisa la ciudad para mostrarse; necesita un campo de ostentación. La ciudad es para el dandy, una pasarela para su vanidad física e intelectual; la ciudad es para el dandy, incluso, una especie de zoológico. El flanèur necesita a la ciudad para vivir, para ser poeta o artista, para ser.


Jules Amédée Barbey d'Aurevilly (Saint-Sauveur-le-Vicomte, 1808 – 1889) fue un escritor y periodista francés. Barbey fue un personaje imprescindible del mundo literario de su época.



[1] BAUDELAIRE, Ch. : Le Spleen de Paris, IX "Le Mauvais Vitrier" en la edición de SCTRICK,R.: Charles Baudelaire. Les fleurs du mal. Presses Pocket. París (1989)

[2] Citado por H.R. JAUSS en Pour une esthétique de la réception, Paris, Gallimard 1978, Pag. 201

[3] Casullo Nicolás, Forster Ricardo, Kaufman Alejandro. 1999.  Itinerarios de la Modernidad. Editorial: EUDEBA , pp. 375


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